LOS PRIMEROS REFERENTES
POPULARES
El asentamiento de las
carreras se consiguió en poco tiempo, sin embargo, y
pese a que en las actas de las primeras reuniones de la
directiva de la SFCCE se hace mención a periódicos y
carteles como medios de publicidad para anunciar las
carreras, la popularización fue una empresa que se
demostró bastante más difícil. Como lo acredita el
hecho de que en 1856, en la inauguración de la temporada
de otoño «concurrieran tan sólo el Jurado, algún que
otro socio, los dueños de los caballos que iban a correr
y los empleados de absoluta necesidad».
Lo que unido a otras
manifestaciones invita a pensar que éstas nunca pasaron
durante el siglo XIX y primeros del XX, de
constituir mucho más allá de un mero entretenimiento
para un número muy reducido de personas. Había una gran
proporción de carreras para «gentlemen» y jinetes
militares y no existía un calendario de pruebas dirigido
a la selección de los mejores ejemplares. Tampoco la
industria de la cría mostraba un progreso apreciable ni
llegaba a cimentarse. Frente a esta realidad, las
carreras conocieron una notable expansión geográfica.
Desde 1860, y por iniciativa de la Real Maestranza, se
disputaron en Sevilla, ciudad que, a través de
diferentes sociedades organizadoras y en distintas
localizaciones, ha mantenido encendida hasta ahora la
llama del turf.
Paulatinamente se va
construyendo un entramado legal mediante el que se da
carta de naturaleza a la cría caballar en España. Deben
mencionarse tres normativas, correspondientes a 1864,
1869 y 1885. El 6 de noviembre de 1864, un Real Decreto
dispone que la Cría Caballar dependa del Ministerio de
la Guerra. Ocho días después se crea una Dirección
Provisional de la Cría Caballar. Esta Dirección se
suprimiría por un Real Decreto de 1885, y es incorporada
a la Dirección de Caballería, constituyéndose una
subdirección. Años antes, el Decreto del 23 de julio de
1869 declara libre la industria de cría caballar, sin
intervención de las autoridades estatales.
En 1867, fue aprobado el
Código de Carreras francés y fijándose en él, se
confeccioné en España un reglamento mejor concebido que
el de 1844.
El 18 de diciembre de 1876
se redactó el reglamento del Jockey-Club inglés. Lo que
ayudó también a perfeccionar nuestro código.
En estos años destacaron
los caballos del presidente Don Mariano Téllez-Girón.
El pueblo madrileño decía que herraba sus caballos con
plata y diamante. Lo que sí resultaba indudable eran los
importantes éxitos obtenidos con Leda, Picadilly,
Capricho, Clementina y Esmeralda.
Aquella época fue definida
como la de las carreras en varias «mangas», premios en
reales de vellón y jockeys con patillas, corbata y
guantes de manopla.
Continuaron celebrándose
carreras en el recinto de la Casa de Campo hasta 1867.

Antes de la apertura del
Hipódromo de la Castellana se celebraban carreras a
parte de en Sevilla, en Málaga; en el hipódromo de San
Julián, en Córdoba; en el de Aljibejo y en los de
Granada, Cádiz, Jerez, etc.
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